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Evita utilizar lejía en la ropa blanca, al ser un producto tóxico daña la prenda y puede provocar alergias en la piel.

Es cierto que la lejía deja la ropa más blanca pero es mejor evitarla y solo hacer uso de ella en manteles, trapos y otros complementos del hogar que no estén en contacto directo con la piel.

Si quieres aclarar la ropa blanca utiliza bicarbonato de sodio diluido en agua y deja la prenda en remojo durante unas horas, cuando enjuagues la prenda la notarás un tono más blanco.

los que os dedicáis a la hostelería, aunque podría extrapolarse a muchas otras profesiones: no importa tanto vuestra profesionalidad, vuestra eficiencia o la calidad de la comida… a veces lo más importante es la risa.

Al menos si hacemos caso de un estudio sobre los efectos de las bromas en las propinas de los bares y restaurantes franceses.

Sólo los estadounidenses dejen alrededor de 26 billones de dólares de propinas en restaurantes, cada año.

Pero los comensales felices dejan más propinas.

Como sugiere el estudio que os he mencionado, en el que el camarero debía entregar a los clientes una pequeña tarjeta con la cuenta.

La mitad de las tarjetas contenían un anuncio de un club nocturno local, mientras que el resto contenían el siguiente chiste: Un esquimal estuvo esperando a su novia frente a un cine durante un tiempo prolongado, y cada vez hacía más frío.

Después de un tiempo, temblando de frío y furioso, abrió su chaqueta y extrajo un termómetro.

Luego dijo en voz alta: “¡Si no llega en siete grados, me voy!.

Los que recibieron el chiste, dejaron más propina.

Los investigadores han comprobado una y otra vez esta relación entre la alegría y la propina.

Los camareros reciben mejores propinas cuando muestran rostros felices, o escriben “muchas gracias” al pie de la cuenta, o les brindan una amplia sonrisa a los clientes.

La gente deja más propina cuando brilla el sol, y aun cuando el camarero les dice que el sol brilla.

Otros estudios han demostrado que las propinas aumentan drásticamente cuando los camareros se presentan usando su nombre de pila o se dirigen a los clientes por su nombre.

¿Es la propina una cuestión generacional? A ratos parece que sí: es fácil ver a muchas personas nacidas antes de los años setenta dejando una cuantiosa cantidad de dinero en el plato después de una copiosa comida o un frugal café, pero no lo es tanto cuando los comensales son más jóvenes.

Se debe, en parte, a la creciente mala consideración social que tienen las propinas, que pueden llegar a considerarse como una parte del salario del trabajador que no asume el empresario, sino el cliente.

Algo que en la mayor parte de sectores sería impensable.

Los camareros, por su parte, deben buscarse la vida para maximizar sus ingresos.

Por lo general, la lógica es implacable.

Es decir, si uno es simpático y agradable pero no demasiado metomentodo, es bastante más probable que reciba una buena propina que si es un borde que ha vertido la botella de vino sobre el traje de un cliente y ha realizado una inoportuna broma sobre el vestuario de otro de los comensales.

En dicho caso, más que llevarse una propina, seguramente termine llevándose una bronca de su jefe.

Los clientes suelen dejar más dinero cuando conocen cómo se llama el camarero ("¡hey, tiene nombre! ¡Como yo! Debe ser buen tío") Si usted es camarero, esto le interesa, pero también si va a frecuentar restaurantes o terrazas este verano.

A lo largo de las últimas décadas, de mano del auge de los estudios sobre consumo, se han realizado un buen puñado de investigaciones en el contexto real de un restaurante que desvelan cuáles son los factores que más influyen a la hora de dejar propina.

Seguramente le haya llamado la atención que, en su última visita a determinada cadena de restaurantes (piense en el ejemplo que prefiera), lo primero que ha hecho el camarero ha sido presentarse por su nombre, que además es bien visible en una placa que luce en su camisa.

Es el camino más corto para granjearse la simpatía de los clientes, pero también para conseguir una propina más jugosa.

Es lo que averiguó una investigación publicada según la cual los clientes consideraban al camarero más amigable y sentían una mayor empatía hacia él cuando conocían cómo se llamaba (“¡hey, tiene nombre! ¡Como yo!”).





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